manación

agosto 19, 2011
La sangre como poema
al ahora.
Después….
bajo un alba de  segunda estancia todo estará iluminado.
La piel muerta de los reptiles
caerá en trozos rugosos
sobre la ribera de los lagos
y en su textura de fieltro pétreo
pueda que eclosione un anturio rojo.
entonces,
tendré ganas de tener fuerza
y  reclamar el vaho de la neblina
como un samurai
que se va,
a recobrar su fuerza en la mañana de un arroyo
o en la tarde de un risco
o en la noche de un puente irisáceo

Vuelta de sol, ánimo lunar

julio 22, 2011

 

La flor niña tumba sus aromas
en el estribo de mi camisa
hace eso para que la tenga en mi recuerdo…
la flor niña hace saltar su vaho a la mañana
y yo que estoy labrando un jardín
alzo el hombro
me pliego los brazos
musito su olor mascullando un canto.

La flor niña a la vuelta del sol
baila girando
en cadencias zarinas
a saltitos de ventiscos…
anillos de luciérnagas a la noche
animan la luna a que le oficie de espejo
la flor niña se mira
y tras un suspiro
mis ojos cansados entornan sus ayes
por la caricia
que hará tiempo esperan mis manos
trazar en sus pétalos
como la historia del fuego
de su próximo beso alado

Cuatro poemas

agosto 30, 2010

Esta Casa


No conozco ni mi espalda

mucho menos sus muletas.

Mi espalda ni bien sea

de este pedazo de papel

su apoyatura,

su pellizco de fuego

… y el rastro humeante

no será mas que mi pecho;

cuenca y antípoda

de ciertos órganos descompuestos

que no veo.

Mi espalda la tapa oculta

y mi pecho una olla tiznada

donde se cuece un corazón marchito.

PEÓN


Arráncale al peón negro su sombra

cuando la luz del cuarto

apenas escupa en tus tormentos.

desplázalo al compás de su avanzada

que la sombra también avanzará.

huye al clarear

y descansa.

porque la huella insomne del pasado

irá plantando en tus yemas

Ese salto  diagonal al cuadro blanco

que de tánto trastabillar

no darás en tu siguiente jugada.

En otra vida…



En otra vida seremos como árboles.

vendrá de arriba el sol a copular

las mil nervaduras de nuestro sexo…

no diremos nada.

tremolarán nuestras hojas

solo al golpe del viento.

Creceremos con el mismo vértigo

de la pendiente

donde  hincan nuestros pies

sus meándricos dedos.

No musitaremos ni el dolor

ni el júbilo

de ver en nuestra piel

la tibia eclosión

de una flor aparecer.

En otra vida se nos caerán las hojas

sin mas argumentos.

Vendrán los amantes tórridos

a guardar secretos crepusculares

no habrá memoria de caricias

que se prendan en el suelo de los tiempos.

No estará el tiempo ni su sombra

queriendo mojar de luz al día

y de sueños a la noche

En otra vida,

por fortuna no seremos sino

el otoño y el invierno

pasando…

como cuando pasan unas manos

por las ramas curtidas

de nuestros brazos pétreos.

Mercurálea


No están ellos aquí,

yo tampoco.

No están

de mi ni,

éste lápiz, ni

las cuencas áridas de mis ojos.

nos disputamos

Ellos y yo

Un corazón de Hada

en la calle…

ellos,

se apretaron su penumbra

yo,

me calcé la capa

mercúrea

para esconderme.

No están

ni

de sus manos

ni

de su pecho.

rapto en ausencia

de sus hados

aquel corazón espurio

y a saltos,

recorro lo que queda…

tan poco de ellos!!

y de mi tampoco.

ronda de humo


Estos dóndes sin porqués!

parado…

Foto de fuego,

gota de esperma.

empuño en vano

el humo de agua

que va brotando

de mi última pavesa.

Cuento reciente

mayo 26, 2010

Tumor de musa


Y por si fuera poco,  después de tantos intentos fallidos que acentuaban su fracaso, tal como una palabra que perdiera sentido en su boca al cabo de ingentes esfuerzos por recuperarla en el umbral de una razon a punto de desbordarse, una bola de carne -antítesis segura de la Rousset de Maupassant – crecía campante sobre la raíz de su dedo meñique izquierdo. Se abstenía de palparla, bien fuera porque le producía  impresión verla ahi, tumefacta, creciendo orgullosamente a expensas de su dolor, o porque temía constatar la dureza típica de un tumor maligno. Con ocasión de tres consultas a internet supo distinguir los síntomas táctiles de un tumor de envergadura aun cuando le faltaban agallas para asegurárse de la naturaleza de esa bola impertinente y dolorosa que, las mas de las veces interrumpía cualquier arrobamiento estético acostumbrado en sus horas de soledad, ocupadas todas ellas en paseos aleatorios por el parque arqueológico ubicado, para su fotuna, al pie del patio de su casa.

Era zurdo, lo cual complicaba en más el ejercicio de escribir. Porque escribía. Por lo general se ocupaba de escribir pequeñas reflexiones a manera de notas sueltas, nada pretenciosas, aunque indicativas de sus actividades rutinarias. Eran como un breviario de sus andares, sin musas ni ángeles iluminadores. Notas tan solo; asomos suscintos de opiniones a libros e incluso a artículos ligeros de revistas para la digestión. Con  cierta meticulosidad conservaba un régimen estacional para sus notas: en meses de lluvia procuraba comprar fichas de color verde y escribía con tinta roja comentarios a libros amarillos y otro tanto hacía en días de sol intenso procurándose esquelas rojas y una tinta verde para libros azules. También es de notar que había establecido una simpática taxonomía, sin atisbo de rigor, de sus libros de bolsillo según cierto “orden” emocional. Con la lluvia inducía sobre su persona una depresión gratuita que en la medida en que leía los pasajes más sombríos de un Conrad o un Kafka desafiaba la incertidumbre resultante trocándola por una carcajada, pero el dolor aparecido al antojo de aquel tumor no podía convertirlo en gesto de confort o de alivio.

La lectura de algunos clásicos desde Villon hasta los románticos siempre propició en sus notas un estilo hímnico; una instancia emotiva que encumbraba como en un pedestal de nubes cada palabra del  comentario que saliera de sus manos, mientras que a modo de reacción facial profería muecas similares a las de un niño que comiera verduras a regañadientes, pero el dolor de aquella tumefacción pútrida creciendo subcutáneamente potenciada en el instante de escribir sus notas, convertía el juego en un amasijo gestual donde el dolor, ese dolor salado primaba por sobre cualquiera de aquellos rituales. Se diría que el dolor amenazaba de frente la esencia de un juego ensayado otrora tiempos en que se propuso llenar de notas su biblioteca.

Un juego cuyos jugadores existían dentro suyo, en sus manos alzadas palmoteando espectros desvaídos a la par de sus ideas, en su rostro dúctil estirando la mueca con que alteraba el nudo de alguna narración, en las notas de colores danzando con el aire del calefactor de la biblioteca; todo ello sin contar con sus autores predilectos y sus antagonistas insoslayables. La bitácora del juego iba registrándose en sus notas con la minucia que solía utilizar durante sus lecturas en las tardes del parque, pero el dolor del dedo meñique izquierdo oficiaba de aguafiestas. Y por si fuera poco la amarga aceptación de sus fracasos eclipsaba el goce buscado, al margen del dolor. Sabía que  era un don nadie.

Tumbado sobre una piedra rugosa con forma de reptil petrificado, le sonreía cada tanto a sus fracasos asi solo fueran imaginados, advertidos. Cuando la lluvía caía como bautizando su descanso resignado, celebraba impetuosamente leyendo a gritos el párrafo del libro que coincidía con el comienzo de la lluvia; de igual forma, casi a gritos, surgían los dolores del tumor. Esa eclosión inusitada rompía alevosamente las reglas del juego; impedía  la acción conciente de poner al revés un efecto emotivo, por una reacción inconciente que alguna terminal nerviosa, inoportuna y caprichosa se interponía produciendo el gesto de dolor justo allí donde había dolor.

Intentó mas de una vez suspirar con un suspiro anhelante al compás de las punzadas, pero no fue posible suministrarle al suspiro ese hálito sincero de un suspiro suspiro. Sintió pesar de si mismo para su pesar y acto seguido vio como su colección de notas  de colores en medio de un devaneo súbito que le arrancara el dolor,  diluíase por acción de una lluvia que se precipitaba solamente sobre su cuerpo. Quiso romperlas una mañana en que frente a la hondonada hecha de limo y piedra gris  musgosa donde cierta vez había ubicado el “séptimo círculo del infierno”, lugar propicio para repasar demónicos cantos de la Divina Comedia, vio el cielo mas cercano que nunca y se preguntó si también el cielo podría como el sol en el solsticio de verano estar mas próximo a la tierra. Allí tumbado de nuevo, bañado por un sol seco y rocoso escogió para romper el siguiente comentario: “Si no hay duende en las artes mediocres como García Lorca sugiere, ¿Duende está la musa?”. Recordó las lágrimas vertidas durante la lectura de aquel libro amarillo.  Tembló al sentir una nueva punzada en el dedo y fue rasgando renglón a renglón su intonso comentario.

Trás un par de semanas la hinchazón cobraba visos de estallar por cualquiera de los flancos. Visitó al médico quien ordenó de inmediato cirujía poco después de dictaminar por análisis de biopsia que se trataba de una carnosidad producto de la formación de células gigantes. Semejante dictamen le produjo risa. Una risa sardónica que solamente al calor del juego, le había arrancado una lectura abúlica e impasible a los planes de desarrollo que publicara la presidencia de la república en 2006. Pensó para sí en una dinámica larvaria desperdigada por todo su cuerpo produciendo impacientemente células gigantes. Con amargura musitó para si un comentario de nota que nunca pudo escribir: “Soy un gigante en la producción de tejido inútil; soy diminuto en la producción de gestos fulgurantes; nunca entendí una sola palabra leída, porque ¡cómo no haberlo percatado! andaba produciendo carnosidades dolorosas”.

Al cabo de la cirujía el médico guardó en un frasco transparente aquel abseso rosado como encintado con filamentos blanquecinos en forma de cinturones, apurándoselo a la camilla para que lo observara cual embrión de parto anticipado. Miró aquella masa por un par de minutos queriendo introducir un dedo, cualquier dedo, sumergirlo en el líquido que lo conservaba, y palpar la bola juiciosa y serenamente. Lo hizo a buen recaudo y con una cautela semejante a la del médico durante la extirpación. Comprobó su dimensión y respiró de alivio. pero ya nada le dolía. Salió del hospital sintiendo que, por si fuera poco ahora había que inventar para los poemas  de un Rubén Darío o un Bécquer   por ejemplo, dolor similar al que flotaba en el frasco , pero después de todo, lo que decidió hacer de inmediato, a parte de otros comentarios banales, fue escribir a mano este relato.



Hojas Troqueladas

mayo 6, 2010

No les voy a pedir a mis lectores que magnifiquen su atención o agucen sus sentidos, todo con el fin de leer hojas  que a troquel o a cuchillo (como a la usanza del siglo XIX) se presentan a continuación.

Basta un abúlico arrastre de cursor por estos lugares.


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